Hace unas semanas terminé mi jornada con una sensación incómoda. Había marcado muy pocas tareas en mi lista de Notion, algo que normalmente me pone nervioso. Parecía que no había hecho gran cosa.
Pero ese mismo día, tuve una conversación larga y profunda con un amigo al que considero uno de mis mentores. Esa charla me ayudó a sacar conclusiones importantes sobre mi negocio. También tuve otra conversación que me dio una nueva perspectiva sobre un reto que llevo tiempo analizando. Ambas estaban directamente relacionadas con mi estrategia de marca personal. Me ayudaron a avanzar hacia objetivos concretos que me he marcado, como consolidar mi presencia en el ámbito de la consultoría de marca personal para ejecutivos.
Cuando repasé el día con más calma, me di cuenta de que había sido mucho más productivo de lo que parecía. Especialmente esa conversación con mi mentor, que me llevó a clarificar aspectos clave de mi dirección estratégica. En perspectiva, probablemente fue más valiosa que la mayoría de las tareas de mi lista. Y, sin embargo, una parte de mí seguía sintiéndose incómoda.
Entonces recordé algo que dice Roger Martin sobre la estrategia. Distingue con claridad entre planificación y estrategia. La planificación, explica, consiste en gestionar actividades. Nos mantiene en la zona de confort. Nos da sensación de control y claridad sobre los siguientes pasos. Por eso se siente productiva: haces una lista, actúas, marcas casillas. Pero la estrategia es otra cosa.
La estrategia consiste en tomar decisiones. En elegir dónde competir y cómo ganar en ese terreno. Preguntas que no tienen respuestas seguras. Se avanza sobre hipótesis.
En mi caso, tomé la decisión estratégica de operar en el ámbito de la marca personal. Elegí centrarme en un segmento específico: ejecutivos, emprendedores y consultores de alto nivel. También decidí aportar valor ayudándoles a definir su estrategia de marca, no a gestionar sus contenidos o su ejecución. Esa parte la dejo en manos de una red de colaboradores. Estas son decisiones de posicionamiento. Definen cómo me muevo, con quién hablo y qué oportunidades persigo.
Así que esas dos conversaciones no fueron aleatorias ni reactivas. Fueron pasos deliberados para avanzar en el juego estratégico que he elegido. Y como los resultados dependen de una hipótesis (que he elegido bien el mercado y el posicionamiento), no puedo tener plena certeza de que estoy haciendo lo correcto. Justo ahí es donde encaja la idea de Roger Martin: la estrategia vive fuera de la zona de confort. Nos exige comprometernos con decisiones antes de tener plena confirmación de que son acertadas.
Cuando trabajas con una estrategia clara, puede que no marques muchas casillas, pero avanzas en lo que realmente importa. El problema es que trabajar con estrategia a menudo se siente incómodo. De hecho, si no sientes cierta incomodidad, probablemente no estás tomando decisiones que realmente marquen la diferencia.
Por qué esta confusión importa
El malestar que genera hacer verdadera estrategia (tomar decisiones que marcan una dirección clara y exigen renunciar a otras opciones) es precisamente lo que hace que muchas veces la evitemos. En su lugar, nos engañamos pensando que estamos siendo estratégicos, cuando en realidad solo estamos haciendo cosas. Ahí es donde muchos profesionales se meten en problemas. Se fijan unos cuantos objetivos y definen algunas acciones. Quieren más visibilidad, mejores clientes o un puesto en un consejo. Así que empiezan a publicar contenido, asistir a eventos o rediseñar su web.
Luego se ponen a mirar lo que hacen otros. Alguien ha lanzado un pódcast. Otro tiene un canal de YouTube. Los servicios con inteligencia artificial están de moda. De pronto, la lista de tareas se alarga, pero a pesar de todo ese movimiento, siguen estancados. Los resultados no están a la altura del esfuerzo invertido.
¿Por qué? Porque hacen cosas, pero no las hacen de forma estratégica. Tienen un plan, pero no una estrategia.
Esto lleva a tres errores frecuentes:
- Esfuerzos que no se apoyan entre sí
- Mensajes de marca confusos o incoherentes en distintos canales
- Pérdida de tiempo y energía sin resultados significativos
Dos errores comunes
Cuando falta una estrategia real en la marca personal, suelen darse dos confusiones:
1. Confundir objetivos con estrategia
Decir "quiero que me inviten a hablar en tres congresos de fintech el año que viene" es un objetivo. Incluso si explicas cómo lo lograrás, no estás haciendo estrategia. Estrategia es decidir si el sector fintech es el adecuado para ti, cómo te posicionas en él, cómo te diferencias de otros, y cómo creas una propuesta de valor única que solo tú puedes ofrecer.
2. Confundir tácticas con estrategia
Publicar con frecuencia, dar charlas o tener una web personal son tácticas. Si no forman parte de una lógica coherente que refuerce tu posicionamiento, se convierten en actos aleatorios de autopromoción. Mucho ruido, poca señal.
Qué te aporta una estrategia clara
Tener una estrategia clara para tu marca personal te permite:
- Escalar una montaña que vale la pena: Una que esté alineada con tus metas y valores a largo plazo
- Tener un mapa: Que te ayude a orientarte incluso en terrenos desconocidos
- Contar con un filtro: Para priorizar lo importante y descartar lo irrelevante
- Medir el progreso: Más allá de los indicadores, evaluando percepciones, relaciones y oportunidades
- Adaptarte con resiliencia: Reaccionar al cambio sin perder el rumbo
- Mantener coherencia: Hacer que tus acciones, historias y presencia se refuercen mutuamente en todos los canales
Enfoques estratégicos: lo que aprendemos de los maestros
Puede que no haya una única definición de estrategia, pero los pensadores más respetados coinciden en una idea esencial: la estrategia consiste en tomar decisiones claras y deliberadas en un mundo complejo e incierto. En mi trabajo, suelo utilizar distintos marcos estratégicos como lentes. Cada uno me ayuda a ver un ángulo diferente, y en conjunto me permiten abordar el proceso con mayor profundidad y coherencia.
El modelo de las 3C de Kenichi Ohmae
La estrategia surge en la intersección entre Cliente, Compañía y Competencia. Para tu marca personal, esto significa saber a quién sirves, qué haces de forma única y cómo te diferencias de otros que compiten por la misma atención.
El posicionamiento estratégico de Michael Porter
Porter nos recuerda que el objetivo no es ser el mejor, sino ser diferente de un modo que tu audiencia valore. Eso implica tomar decisiones deliberadas y, sobre todo, aceptar que hay cosas que debes dejar fuera.
El núcleo de la estrategia según Richard Rumelt
El modelo de Rumelt tiene tres partes: un diagnóstico del reto, una política guía, y un conjunto de acciones coherentes. Sin estos tres elementos, simplemente reaccionas, no lideras. Esto aplica tanto a marcas corporativas como a personales.
La estrategia emergente de Henry Mintzberg
Mintzberg añade una capa valiosa: no toda estrategia se planifica por adelantado. A veces, tu marca personal evoluciona a partir de lo que funciona. Pero para que esa evolución tenga sentido, necesitas una visión del éxito que actúe como tu estrella polar.
Preguntas que debe responder una estrategia
Tener claridad estratégica en tu marca personal implica poder responder con seguridad a estas preguntas:
- ¿Cuál es el juego profesional en el que estás jugando?
- ¿A quién estás intentando servir?
- ¿Qué cambio o valor les estás ofreciendo?
- ¿Por qué eres una oportunidad única para resolver su problema?
- ¿Cómo van a reconocer eso, de forma constante y en distintos contextos?
Hasta que no puedas responder con seguridad a estas preguntas, cada acción que tomes corre el riesgo de alejarte de tu objetivo.
Antes de escalar, detente. Mira hacia arriba. Asegúrate de que es tu montaña.